Siempre supe que era una vergüenza para mi familia (aún sigo siéndolo) pero debo confesar que jamás creí sentirme tan discriminada, acabada y como una completa basura.
Ayer fue el cumpleaños de mi padre y a pesar de ser la persona que menos considero en mi vida, me vi obligada a estar presente en tan exquisita celebración...desde un principio supe que todo terminaría mal, pero claro debía escuchar las súplicas de mi madre y comenzar a sentirme culpable por todo lo malo que he generado en esa familia, así que me dejé convencer y fui arrastrada ante la cueva del lobo. Desearía poder retroceder el tiempo y jamás haber salido de mi habitación, desearía haberme mantenido oculta bajo las cobijas, odiando al mundo, lo que me rodea y, sobre todo, odiando mi vida.
Personas salían, personas entraban. Saludos, "buenos" deseos, ademanes; besos por aquí, besos por allá ¡Vaya maravilla! (nótese el sarcasmo por favor). Ellos sonreían e intercambiaban anécdotas y esas historias triviales que poco podrían interesarme. Todo estaba bien...supongo...mal hecho.
¿Saben que es lo más gracioso cuando pienso que todo está "bien"? Respuesta simple: nada. Eso mismo, nada está bien y como es de costumbre me bastó unos segundos para darme cuenta que no pertenecía a ese lugar, que nunca lo hice y nunca lo haré. Porque, aunque mi madre se mate diciendo que todo se dejó de lado, yo sé que eso no es cierto, y sé también que ni ella logra creerse esa mentira tonta.
Fui víctima de la ansiedad, el deseo de desvanecerme y el mal trato de mis "queridos" familiares. Claro, claudia es la vergüenza, la oveja negra, el mal ejemplo. No la mires, no la saludes, que pase de largo.
"¿Sabías que trato de suicidarse?"
"Escuché que la rehabilitación no sirvió de nada"
"Vaya chiste de persona"
Esos y más comentarios me eran lanzados, como quien pide su deseo en un pozo sucio y mohoso,y yo, claro está, debía usar mi mejor sonrisa y soportar los ladrillos sobre mi cabeza. Porque es lo que una buena hija haría y porque no quería causar más problemas, ¿Verdad?
Pero la gota que colmo mi paciencia o, mejor dicho, mi estado emocional, no fue el hecho de ser maltratada por mi familia, sino de que mi progenitor, mi propio padre prefiriera mil veces desacerse de mi presencia a seguir escuchando como su estupenda fiesta se iba al carajo por la simple presencia de su hija suicida, loca y anoréxica.
El evento terminó así: él pidiéndome que regrese a casa porque daba una mala presencia, mi madre fingiendo no saber lo que sucedía y yo destrozada llorando en un cochino taxi, mientras el hombre al volante no dejaba de mostrar su pena por tan patética chica que le tocó llevar. Vaya chiste que soy.
Pero, ¿Saben algo?, no los culpo, en realidad soy una escoria, una vergüenza, un estorbo y creo que lo mejor que pudieron hacer es llevarme a ese lugar y haberme hecho dar cuenta que ni mi propia sangre siento un mínimo respeto por mí, después de todo la principal causa de todos los males de esa familia soy yo, así que...