Es miércoles, mi cuerpo se congela y mi garganta arde en sangre. No es algo que me sorprenda si me remonto a los hechos ocurridos ayer por la tarde, ¿De qué estoy hablando? Fácil, el vómito cósmico que me metí. Después de pasar meses sin atreverme a introducir objeto alguno en mi garganta, sin atreverme a sobrepasar mi límite de intake, controlando cada uno de mis movimientos a la hora de "comer", todo se fregó en cuestión de minutos, segundos.
Un enorme plato de comida, una fruta, un pan de dudosa procedencia, chocolates, un trozo de keke que encontré por ahí y otras cosas más que me avergüenzan mencionar, todo cayó en este mugroso saco que me atrevo a llamar estómago, todo se introdujo ahí llenándome de culpas y desesperación. Solución: litros de agua, una cintilla para proteger mi cabello y el inodoro pulcro esperándome al fondo del pasillo. Se preguntan si me arrepiento, pues no lo hago. Debía dejar salir todo eso y más, lo necesitaba y no puedo quejarme o decir que fue un error, algo no planeado porque si lo hago estaría mintiéndoles y, seamos honestos, uno sabe cuando planea darse un atracón, cuando planea purgarse, una lo sabe porque lo vive y lo necesita; y yo lo necesitaba. Lo pedía a gritos.
Ahora solo busco dormir, aprovechar el clima como una excusa y enterrarme bajo las cobijas de mi cama, pero es algo subreal pensar eso en estos momentos y lo único que me mantiene cuerda en estas cuatro paredes es la espera de un prefecto y alentador cigarrillo.
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