Cuando una persona ha tenido un buen día, lo normal es agradecérselo a Dios. Eso es lo que el común denominador de esta triste y patética sociedad haría, es decir que yo quedo total y rotundamente fuera de ello. El problema conmigo es que no creo en Dios en los días buenos, sólo me acuerdo de Dios en los días malos, muy malos, cuando siento que me voy a desmayar, como me pasó el viernes en la universidad, el sábado en casa de mi primo y el domingo en la típica y estúpida reunión familiar de ritual. En esos casos, cuando pienso que me desplomaré en público, o peor aún cuando temo que voy a morir, le pido a Dios que me dé fuerzas para seguir en pie y llegar a mi cama al final del día y poder extraviarme en las brumas de la noche.
Pero hoy ha sido un día diferente y aunque suene ilógico y hasta completamente descabellado me puedo arriesgar a decir que hoy ha sido un día muy feliz; lo ha sido desde que he despertado y lo es ahora mismo pero, por supuesto, no sé cómo será mañana y cuando he tenido un día muy feliz como el que ahora termina presiento que mañana ya no será todo tan propicio como lo ha sido hoy, y entonces me invadirán los temblores, los mareos, la debilidad y la fatiga de arrastrar este cuerpo, estos recuerdos, esta biografía revoltosa, insolente.
No tengo la menor idea de cómo será mañana, solo sé que ahora todo está bien y que es menester agradecérselo a quienes con paciencia y sabiduría diseñaron químicamente las pastillas que, desde anoche en que me rendí y volví a tomarlas, calman mis nervios, afinan mi sensibilidad, disuelven y acallan a los enemigos que se agazapan en mis entrañas y rescatan, a duras penas, lo mejor de mí.
Durante una semana he tratado de ser una persona saludable, he tratado siete días consecutivos de ser una persona sobria, saludable, emancipada de los narcóticos. Dios sabe que lo he intentado y también sabe que he fracasado. Lo intenté con coraje y bravura pero han sido días imposibles, días en los que me encontraba sentada en un lugar y sin embargo, estaba ausente, ida, apaleada, tratando de que mi cabeza no se cayera del cuello.
Pero ahora siento que todo está bien y me veo en la necesidad de agradecérselo a alguien, porque los recuerdos del viernes, el sábado y el domingo aún se encuentran vivos en un rincón muy profundo de mi subconsciente; y me embrujan, destruyen por completo. Recuerdo el dolor, las miradas fulminantes, las críticas hirientes, los reproches ensordecedores y las vocecillas incesables que invadían mi cabeza incitándome a tramar los auto-sabotajes más horribles que en la vida alguien podría imaginar.
Escucho las vocecillas que hacen desaparecer mi sentido común, que extinguen mi razón. En esos momentos, momentos en los que me siento morir, rezo con miedo no a la muerte sino a caerme al suelo en medio de la gente y protagonizar un bochorno, miedo a vomitar y colapsar.
Por ello debo agradecer a mi amado Remerón, a ti mi incondicional Dormonid. Que haría sin mi Ambien, mi Prozac, mi queridísima Mirtazapina, que sería de mi innecesaria y banal existencia sin todas esas pastillas que han restaurado el sosiego que torpemente osé interrumpir por querer ser una persona sana. Yo no soy un ser sano, cuando estoy sana me siento miserable, aporreada, infeliz, y por eso no me conviene estar sana, me conviene drogarme, aceptar que mi cuerpo es demasiado imperfecto.
Desde niña me crié bajo el típico contexto de que las drogas eran malas y la fe la solución primordial. Puede, tal vez, que las drogas en cierta forma sean malas pero aveces hacen bien, sacan lo mejor de ti, te ayudan a encontrar el que de verdad eres en medio de las nieblas y el vértigo.
Por lo tanto, no soy aparentemente un alma, soy un mamífero. No me funcionan las religiones, me funcionan las drogas, esa es mi manera feliz de evadir la realidad. No me busquen en la iglesia, en un templo; búsquenme en una farmacia, en una botica de turno. Y no me den el sermón de que las drogas son todas malas porque algunas son fantásticas y para mí resultan urgentes, imprescindibles.
Entonces, regresando a la idea principal de este escrito, me veo en la grata obligación de dar las gracias. Gracias a los que inventaron esas pastillas que ahora se diluyen en mi cuerpo. No encuentro la manera de expresarles cuanto les debo. Gracias, no posee palabras. Gracias.


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